viernes, 10 de agosto de 2012

La bola de barro y el Bosón de Hinggs


Ramiro Guzmán Arteaga
El anuncio esta semana del hallazgo de una nueva especie de homínido en África, que marca los primeros momentos de la evolución humana, sumado al descubrimiento del Bosón de Higgs, que confirma el comienzo del universo,  tiene con los pelos de punta a los anti evolucionistas, pues una vez más queda demostrado que el origen del universo y el hombre no fue tan fácil como soplar y hacer botella.
Sin embargo, a quienes les conviene que erróneamente se le haya dado el nombre de “Partícula de Dios”, al “Bosón de Higgs”, es a los “creyentes-evolucionistas”, quienes ahora tratan de conciliar la ciencia con la fe, pues tienen otro argumento para decir que esa partícula, también la hizo un ser superior.
Ya la misma Iglesia reconoce a regañadientes la evolución de la vida y el universo, el mismo Papa Benedicto XVI ha invitado a poner a Dios en la raíz del progreso científico para evitar “resultados inquietantes”, es decir, la Iglesia se acomoda a lo que un día condenó.
Por eso tiene razón Peter Higgs, el físico brillante y firmemente ateo, para molestarse con el nombre dado a su partícula  pues hablar de “Partícula de Dios” es darles la oportunidad a los  “creyentes-evolucionistas” de solucionar de un solo plumazo y sin método científico el problema del origen de la vida y el universo.
 De todas maneras se está avanzando pues los científicos ya no son quemados en la hoguera  con la bendición de la Iglesia, y se reconoce que el hombre proviene de una especie que evolucionó y no del soplo de una bola de barro como fantásticamente  se nos enseñó  en la Historia Sagrada.  

viernes, 3 de agosto de 2012

Elogio a la pobreza y al deporte

Ramiro Guzmán Arteaga

El drama que viven los deportistas colombianos que obtienen medallas en los juegos olímpicos de Inglaterra los hace dignos del rodaje de una película al mejor estilo de Ingmar Bergman. Lo digo porque seria interesante convertir en obras maestras del cine la sucesión de conflictos y sacrificios que rodean la vida de los deportistas que han logrado llegar al pódium.
Mientras deportistas de otros países son profesionales en distintas disciplinas del conocimiento, o estudiantes que disponen de profesores que les programan sus clases con las prácticas deportivas,  los nuestro llegan al deporte acosados por la pobreza.
Oscar Figueroa, medalla de plata, debió salir desplazado con su mamá de Zaragoza (Antioquia) hacia Cartago (Valle) en busca de mejor vida; Rigoberto Urán, medalla de plata, heredó el oficio de vendedor de lotería y chance,  luego que asesinaran a su padre en una calle de Urrao (Antioquia); en Jamundí (Valle del Cauca) Yuri Alvear, medalla de bronce, iba de casa en casa vendiendo empanadas mientras su mamá se dedicaba a lavar ropa ajena y su papá a la albañilería.
Si así es y ganan, qué tal si este fuera un país sin violencia y sin tanta pobreza en donde el deporte no fuera una posibilidad de salir de la miseria sino lo que debe ser: una ciencia cuya actividad enaltece al cuerpo humano y genera convivencia y fortalece los sentimientos de unidad hacia la nación. Hoy, cuando se han colgado las medallas, los deportistas colombianos, hijos de la miseria y el abandono, merecen el reconocimiento del pueblo del que emergieron. No están solos, aunque ahora deben sobrevivir a la retórica desmedida de los elogios del gobierno y los políticos hipócritas.


viernes, 6 de julio de 2012

La Prensa en la picota publica

Ramiro Guzmán Arteaga
Personas preocupadas se preguntan qué pasa con el periodismo en Córdoba que de un tiempo para acá se ha visto salpicado por serios cuestionamientos éticos y profesionales y además se escuchan a los periodistas hablar mal el uno del otro.
Pienso que el problema es ético y de plata. El poder económico y político ha contaminado a sectores de la prensa comprándola a cambio de mentirle a la opinión pública y de paso ha convertido las relaciones entre los periodistas en un campo de batalla.  La prensa necesita de la publicidad para sostenerse, eso no es problema,  lo grave son los periodistas que negocian la verdad o el silencio a cambio de dinero.
Conozco medios y periodistas que son amigos o se declaran en oposición al poder económico y político de acuerdo a sus conveniencias. He visto a periodistas hacer filas para recibir dinero, como he visto engavetar ediciones de periódicos, a punto de entrar a la rotativa, para desbaratar la verdad y cambiarla por mentiras.
Desde hace algún tiempo ha trascendido a la opinión pública información sobre una presunta nómina paralela, invisible, de fachada y “testaferrato”, con la que desde la Gobernación de Córdoba se le pagaba a un puñado de periodistas los favores del elogio, la alabanza y el silencio. Los tenían comprados. Es una preocupación tal vez incierta pero valida que debería aclararse desde el mismo Gobierno y desde el estudio de la reputación y la ética periodística.

viernes, 29 de junio de 2012

Un lugar digno para el porro

Ramiro Guzmán Arteaga
Habrá que decir, quizás con un poco de humor, que el Festival del Porro que anoche se inició en San Pelayo es lo más parecido a ese objeto viejo que adorna la casa pero que nadie le ha dado el valor ni encontrado el sitio digno que se merece.

Esta circunstancia se deriva del mismo trato que desde hacen 36 años le han dado los organizadores del festival a los músicos de las bandas participantes.

No será por el empeño que le ponen  los organizadores que los 735 músicos que en promedio llegan todos los años al festival, desde varios rincones del país, no tengan un sitio digno donde dormir, que tengan que hacerlo aguantando lluvia, mosquito y calor en el pretil o rincón de un colegio prestado, que tengan que cocinar ellos mismos sus alimentos; ni  tengan  donde bañarse ni hacer sus necesidades fisiológicas. Y al final solo se le de a cada músico 111mil pesos. Y no será por esa misma gracia que los organizadores no se preocupen por el destino de las obras ganadoras que finalmente quedan rodando en el olvido. O que los músicos tengan que mendigar para grabarlas.

Al lado de todo esto habrán muchas otras cosas que los organizadores no han querido resolver, por lo que habrá que recomendarles, con un poco de humor que se asocie con la desgracia, lo mismo que me dijo un trompetista: “mire compa lo único que queremos por lo pronto es que nos den un lugar digno donde dormir, comer y cagar”, que es lo mínimo que se merece un ser humano.


Se cayeron las vacas sagradas

Ramiro Guzmán Arteaga
Finalmente la naturaleza nos hizo ayer el favor, a los Monterianos y cordobeses, de borrarnos para siempre de la memoria histórica de la ciudad gran parte del esperpento de monumento que inmerecidamente le erigió el alcalde Marco Daniel Pineda García al gremio ganadero de Córdoba.
En horas de la mañana, cuando la mayoría de la ciudad viaja en los buses de servicio urbano o buscaba donde guarecerse,  un torrencial aguacero con vientos huracanados arrancó de cuajo la estructura de latón oxidado que hace parte del monumento a la ganadería ubicado a la entrada de la ciudad.
Es sin duda lo mejor que le ha podido acontecer a Montería, una ciudad donde predomina lo impositivo, patriarcal y feudal, donde los gobernantes borran toda huella histórica y arquitectónica y a cambio le levantan monumentos de reconocimiento justo a quienes menos se lo merecen.
Este, como lo dije en anteriores columnas, no solo era un monumento inmerecido sino feo y caro. Ojala y allí se levante una obra de arte que verdaderamente nos represente; que simbolice nuestra  cultura e  idiosincrasia,  por ejemplo a la biodiversidad, al río Sinú -hoy herido de muerte por la hidroeléctrica de Urrá-,  a María Varilla, al Sombrero Vueltiao, al porro o a Happy Lora. Tengo la sensación que, en medio de esta alegría pública que a muchos nos embarga, no faltaran quienes estén llorando como una plañidera de alquiler por la caída de semejante adefesio.

viernes, 8 de junio de 2012

"El Mejor alcalde"

Ramiro Guzmán Arteaga

El alcalde de Montería Carlos Eduardo Correa es, según el Centro Nacional de Consultoría (CNC) y el noticiero CM&, el mandatario con mejor imagen positiva del país. Alguien debe aclarar qué es eso de “imagen positiva”, porque los medios de comunicación utilizan esa expresión como una herramienta para ganar audiencia, lo cual no dista mucho de la  farándula.  
Para enfrentar estas frágiles consultas de favorabilidad hay que decir que la imagen positiva de un alcalde, entendida esta –ahora sí – como el reconocimiento popular de lo que hace por su comunidad, se mide es por el bienestar de sus habitantes, las necesidades básicas satisfechas, la generación de empleo, la felicidad y la convivencia que suscite entre los ciudadanos. Es esto lo que genera una tabla de valores para hacerse a tan máxima distinción.
Y no creo que el alcalde -ni este ni el anterior- haya hecho algo para superar el alto índice de pobreza, el  desempleo, la inseguridad, la recuperación del espacio publico, que es muchísimo más que construir andenes; ni tampoco que haya hecho de Montería una ciudad rica en convivencia y amor colectivo. Por eso, hacernos creer que Correa es el alcalde con la mejor “imagen positiva”, es una fantasía sin fundamento. Una mentira. No hay que engañar al alcalde. Por demás, él no necesita de estos maquillajes del CNC pues está  sentado  en su gloria desde que nació, lo tiene todo, no necesita nada. El jodido es el ciudadano de a pie.


Mi recuerdo de Raúl

Ramiro Guzmán Arteaga
Nadie que haya conocido al poeta Raúl Gómez Jattin quedó a salvo de compararlo públicamente con un loco. Esa fue la primera impresión que tuve cuando por primera vez lo vi llegar al Zaiza, un restaurante de propiedad de mis padres, ubicado en la calle 32, con carreras segunda y tercera, de Montería.
 Me asusté cuando lo vi entrar con su estatura descomunal, sus ojos  desorbitados, como los de un gavilán, su barba montaraz y su paso de elefante. Parecía querer desafiar y al mismo tiempo abrazar el universo; miró alrededor, saludó a algunos de los clientes que lo identificaron, pidió un bistec que finalmente destrozó con sus propias manos y lo engulló a pedazos. Luego subió una de sus piernas en una silla y, con un ademán de querer tocar una guitarra invisible, empezó a cantar: “Todo pasa y todo queda//  pero lo nuestro es pasar// pasar haciendo caminos//caminos sobre la mar”. Entonces nos habló de Joan Manuel Serrat y de Machado.
Confieso que cuando lo vi, enredado en los vericuetos de su mundo fantástico, también pensé que era loco. De eso hace alrededor de 30 años, la semana pasada el poeta cumplió 15 años de muerto. Hoy sé  que Raúl Gómez Jattin no era un hombre despreciable ni loco, como muchos creíamos. Reconozco que me equivoqué. Raúl es algo más que eso: el último poeta de la Generación Perdida, de los que duermen en cualquier pretil, un Dios de la poesía en el valle del Sinú. Y eso es lo que verdaderamente importa.