viernes, 22 de noviembre de 2013

El embrujo de los medios

Ramiro Guzmán Arteaga
"Los medios de comunicación ha dejado
sus principios éticos y se han presentado
como un nuevo poder al servicio de los
más oscuros intereses humanos, como
el comercio y la guerra (Uriel Ramírez)

En su desmesurada competencia por ganar audiencia los medios de comunicación en Colombia, especialmente los noticieros de televisión, se han olvidado de lo más elemental del periodismo: buscar la verdad con independencia. La violación de una mujer en el restaurante Andrés Carne de Res, la fotografía en la que guerrilleros de las Farc departen en un Yate, y el presunto atentado contra el ex presidente Uribe, son ejemplos que ilustran la espectacularidad, la banalización y los fetiches (embrujos) con los que los medios de comunicación pretenden captar audiencia, dejando de lado el compromiso social de buscar la verdad y confirmar hechos. Parece que el periodismo más allá de buscar la verdad solo pretendiera divertir. Toda violación es un acto execrable que debe castigarse, pero ello no justifica que se nos  muestre e informe sobre estos y otros delitos como si fueran un festín de hechos aislados llevado a cabo por psicópatas, y no producto de una descomposición social de grandes proporciones. De otra parte la fotografía de guerrilleros de las Farc departiendo a bordo de un Yate no pasó de ser una noticia estúpida y banal que, al igual que su fuente, el ex presidente Uribe, nada aporta al proceso de paz. Y, a vuelta de página, el presunto atentado contra el ex presidente Uribe al que los noticieros dieron por cierto y se dejaron llevar y someter por las fuentes oficiales. Con todo esto queda  demostrado que a los medios (programadoras) lo que más les interesa es captar audiencia para garantizar sus fuentes de financiamiento. Parafraseando al maestro Javier Darío Restrepo podemos decir, a manera de advertencia urgente, que ‘una prensa cómplice de los manipuladores de la opinión hace daño, aunque parezca entretenida’. Y agregaríamos que ‘de perro guardián de la democracia’ la prensa está quedado reducida a un ‘manso gatito’, por culpa de los dueños de los medios.

 

sábado, 16 de noviembre de 2013

Cuando los polos se encuentran

Por Ramiro Guzmán Arteaga
En Cien Años de Soledad hay un pasaje que viene a ser una revelación anticipada de lo que pasa entre el expresidente Álvaro Uribe Vélez y las Farc; es ese instante en el que el general Moncada le dice a su viejo amigo Aureliano Buendía: ‘lo que me preocupa –le dice Moncada-  no es que me mandes a fusilar sino que de tanto odiar a tus enemigos has terminado pareciéndote a ellos’. Lo mismo aplica para el expresidente y las Farc, se odian tanto que se han dejado llevar por una violencia irracional a tal punto que han terminado casi por perder la razón, entregándose a un odio ciego, en el vacío,  y se han olvidado de la sociedad y del pueblo al cual, maquiavélicamente, dicen representar. Es decir, se odian tanto que han terminado por parecerse. Ambos manejan un discurso guerrerista, ambos actúan con astucia y engaño; ambos se quieren matar en una guerra que los ha llevado al fracaso; ambos se creen dueños de un poder que nadie les ha dado. Lo grave es que esa violencia por la violencia, esa violencia ciega, ha perjudicado y sigue perjudicando enormemente a quienes desde una mirada independiente no compartimos sus propósitos de venganza guerrerista, pero quienes tampoco compartimos, en lo más mínimo, la estructura de este Estado anacrónico y este sistema de gobierno fracasado, de los que  ambos son una consecuencia. Si uno piensa distinto a Uribe se expone a que le pongan la etiqueta de guerrillero, y si piensa distinto a las Farc le ponen la etiqueta de la extrema derecha fascista. A ambos hay que recordarles que una guerra sin base popular está condenada al fracaso, al igual que una paz sin consulta popular, como la de la Habana, solo les funcionará al Gobierno y a las Farc por  un tiempo.

viernes, 8 de noviembre de 2013

VERDAD MAS ALLA DEL PERDÓN


Ramiro Guzmán Arteaga
En forma volátil y con un sentimiento cargado más de tecnicismo que con sentido humano, hace hoy una semana, el ex jefe paramilitar Salvatore Mancuso reconoció y pidió perdón a las familias de las víctimas de los crímenes cometidos por orden suya en la Universidad de Córdoba. Sin embargo, entre las familias  que acudieron al Centro de Convenciones de Montería lo que se percibió fue un silencio con  sensación a desconcierto y un sentimiento de dolor e impotencia por cuanto fue un acto etéreo e insustancial en el que simplemente se mostró un video -con un daño técnico incluido- con el mensaje del perdón, lo que para muchos  fue una habilidosa forma de ‘escurrir el bulto’, como se dice popularmente.
Lo que los familiares esperaban era una presentación en vivo y en directo, en la que el ex jefe paramilitar les dijera la verdad sobre sus muertos, sus tierras, sus desaparecidos.
De modo que no se trata entonces solo de pedir perdón sino que el Estado  defienda la dignidad de las familias mediante la búsqueda permanente de la verdad, como un derecho legítimo  y para que la historia no se repita. Por supuesto que el perdón tiene validez, pero requiere, además del reconocimiento de la falta, que no queden rastros de impunidad y que se haga justicia.  Además, compensación en dinero y devolución o restitución de tierras.
 Según se infiere de lo informado por Al día, los ex jefes paramilitares aún le deben muchas explicaciones al departamento  y a la comunidad académica de la universidad, entre ellas la responsabilidad que en ese contexto criminal tuvo el Estado y en tal caso los miembros del Alma Mater. No puede haber ‘vuelta de página’, porque además, el Estado colombiano no solo ha roto la confianza de los ciudadanos para saber todo cuanto ocurrió, sino que nos ha engañado permanentemente.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Conalco 60 años

Ramiro Guzmán Arteaga
Quienes estudiamos en el Colegio Nacional José María Córdoba tenemos nuestra propia historia que contar. La mía puede ser una más de quienes estudiamos en la década del 70, época en que aún se percibían las réplicas de las grandes revoluciones populares del siglo XX como las de la URSS, China, Cuba y Vietnam;  en Latinoamérica el emblema del Che Guevara inspiraba las protestas estudiantiles y  la lucha guerrillera; en Chile, Salvador Allende había intentado establecer un Estado socialista por vía pacífica; la guerra fría entre los bloques Occidental y Oriental mantenían en vilo la paz mundial.
En Colombia las protestas estudiantiles y campesinas estaban en ebullición; en la Universidad Nacional Piero y Mercedes Sosa brindaban conciertos multitudinarios. En Córdoba; los estudiantes de Montería, Lorica y Cereté, habían aportado su cuota de sacrificio. En el Conalco estábamos positivamente influenciados por la ideología revolucionaria que reclamaba una mayor democratización de la educación y una redistribución de la tierra. “¡Solo cambiando el sistema cambiará la educación!” y  “¡La tierra es para el que la trabaja!”, eran las consignas. Los del Conalco éramos hijos de honestos y honrados comerciantes, trabajadores, sastres, pensionados, pobres pero no empobrecidos. En ese contexto era imposible no ser orgullosamente revolucionario; por eso, un grupo de estudiantes del Consejo Estudiantil, fundamos  los Centros de Estudios 12 y 13 de Marzo, en los que leíamos  obras de la literatura clásica, Cervantes, Tolstoy, Dostoievski, José Martí; obras que cohesionábamos con la dialéctica de Platón y Hegel; La Razón de Kant; el materialismo histórico y dialéctico de Carl Marx, y que barnizábamos con la teoría evolucionista  de Darwin  y Oparin. Sin duda fue una época de oro del Conalco,  de la cual muchas cosas nos quedaron, entre ellas, una formación humanística y un imaginario colectivo a toda prueba.

domingo, 27 de octubre de 2013

La punta del ‘iceberg’

Ramiro Guzmán Arteaga
La titulación debe ser atractiva y  llena de imaginación
pero no vulgar.
Esta columna es una respuesta a lo que el señor William Salleg Taboada acostumbra hacer desde El Meridiano de Córdoba: escudarse en la sombra que ofrece un editorial para enviar mensajes impersonales a quienes, en ocasiones, criticamos su periódico. El caso es que el Meridiano de Córdoba tituló: “¡ESTAMOS EN BRASIL NOJOOODAAA!” Y el director, al no resistir la crítica, me alude y descalifica desde el burladero de un editorial, sin comprender que un titular es un producto expuesto al juicio de la opinión pública. Reitero que fue un titular vulgar y desafortunado, porque no educa y es populachero, muy distinto a lo popular. Lo digo reconociendo que  también me he equivocado, pues los humanos nos construimos sobre los errores y no sobre milagros.
El señor Salleg pretende enfrentarme a los colegas que laboran en su periódico, y que han obtenido merecidísimos premios de periodismo gracias a sus dignos esfuerzos. Me censura como periodista con una ironía mal construida, solapada y desatinada, haciendo creer que algunos seres humanos son más inteligentes que otros. ‘Vulgar, sin un asomo de inteligencia’ y brutal me parece su titular, ese que impositivamente obligó a publicar, lo cual me lleva a confirmar que se equivocó al proclamarse director de un periódico. Debe preocuparse por seguir siendo un empresario, pero de los buenos, pues es fácil inferir que es de los que creen que este es un mundo donde lo único que da valor y prestigio es la competencia, la vanidad, y  no la modestia y solidaridad. Es por eso, y por titulares como el publicado, por el que la ignorancia crece y las desigualdades se agravan en Córdoba, sin dar oportunidad a la razón. Pero él es así y ni siquiera este departamento tiene la culpa de que así sea.

Un par de preguntas válidas

Ramiro Guzmán Arteaga
Una estudiante de Comunicación Social me pregunta, grabadora en mano, cuál es mi ideología y si yo creo en Dios. Las preguntas me parecieron indiscretas pero válidas, porque uno no está obligado a revelar su ideología ni su creencia, pero preguntar es un derecho natural. Por eso comparto las respuestas con mis lectores. De modo que me considero un socialdemócrata que está en desacuerdo con toda la estructura anacrónica de su país. Creo en la libertad con responsabilidad. Pero no tengo una militancia activa con ningún movimiento o partido político porque considero que la militancia encasilla y condiciona el pensamiento libre, al tiempo que, en parte,  rechaza lo que hay de bueno en otras ideologías. Y si de practicar una militancia se trata creo que la mía sería una ‘militancia pasiva’, lo cual no es justo. Y pienso que el ser así es lo que me da libertad e independencia para reconocer la disciplina de los buenos conservadores, la libertad de los buenos liberales y la solidaridad de los buenos socialistas. La estudiante me insistió en mi creencia. “Soy agnóstico” –le dije- pero me preocupa que en este país la gente discrimine y excluya a quienes, por convicciones naturales, científicas e históricas, no creemos en Dios; sin comprender que ese es un derecho legítimo al que puede llegar, por convicción y con argumentos, un ser humano. Desde esa perspectiva social me siento libre de no tener que escoger entre el cielo y el infierno, ni vivir sometido a una creencia imposible. “Entonces ¿usted no asiste a la Iglesia?”, me contra-preguntó la estudiante. Soy un agnóstico que no tiene prejuicios en ir a cualquier iglesia, siempre que haya una razón socialmente válida.  Por la misma razón que tengo amigos curas, de los buenos, y amigos pastores evangélicos, de los buenos.

Don Elías Bechara Zainúm

Ramiro Guzmán Arteaga
Pocas veces suele ocurrir que una persona de la vida pública, aún después de su fallecimiento, logre reunir tanta simpatía y expresiones de agradecimiento a su alrededor, y sin distingos de estrato social ni ideología política. En el departamento de Córdoba conozco dos casos: el de don Rosendo Garcés Cabrales y ahora el de don Elías Bechara Zainúm. El uno conservador de los buenos y el otro un liberal clásico, ambos filántropos y poseedores de una riqueza  social y espiritual resistente a toda prueba.
Se podría pensar que, como cualquier mortal, don Elías Bechara moriría, como en efecto falleció el pasado viernes, que sería sepultado y que todo concluiría para él; sin embargo, como la verdadera existencia de un ser humano se determina por sus obras sociales y las enseñanzas dejadas en la vida, se puede afirmar que sus obras, representadas,  entre muchas otras,  en la fundación de la Universidad de Córdoba y de la Universidad del Sinú, le permitirán elegir el mejor sitio para ser recordado entre el imaginario social y popular, lo cual es un privilegio al que pocos ricos tienen acceso.
Ennoblecer a la humanidad y en especial a los sectores populares a través de la educación fue el objetivo que a don Elías le pareció siempre sumamente importante, por eso puedo decir que esta columna no es escrita por la inspiración de un instante que la realidad pueda destruir, sino el merecido reconocimiento a una persona y a su obra. Por eso también, los beneficiarios de las actuaciones y de las obras de don Elías Bechara Zainúm, sus discípulos y herederos, adquieren el compromiso social de mantener su obra ennoblecedora y legítimamente construida con dignidad. A su esposa doña Saray Castilla y a sus hijos mis sinceras condolencias.