jueves, 22 de noviembre de 2012

Urrá S.A, 20 años mintiendo y deteriorando el ambiente

Ramiro Guzmán Arteaga
Quienes nos anticipamos a la catástrofe ambiental y social de la hidroeléctrica de Urrá sobre el valle del Sinú, quienes desde el periodismo registramos una a una la confirmación de esos impactos negativos, quienes seguimos convencidos de que la hidroeléctrica no debió construirse y que las consecuencias a futuro serán cada vez más catastróficas y devastadoras, no solo sobre el valle del Sinú sino sobre el planeta, estamos convencidos de que no hay una sola razón para celebrar los 20 años de la empresa Urrá S.A.
Hoy 20 años después los resultados son devastadores. Urrá S.A le mintió y engañó a los cordobeses y al país. La hidroeléctrica desapareció la especie bocachico y muchas otras del río Sinú, sepultó para siempre especies naturales únicas en el planeta, erosionó las riberas, ocasionó la penetración de la cuña salina. Ha contribuido al calentamiento global. El Sinú dejó de ser el río que más aportaba riquezas biológicas al mar, y está matando al valle más fértil del mundo. En lo social expulsó a indígenas y colonos, se estima que 14 asesinatos de Embera Katios guardan relación con su rechazo al proyecto; cuarenta mil familias de pescadores quedaron en la ruina, muchas de las nuevas generaciones de pescadores tuvieron que vincularse a grupos ilegales y algunos han sido asesinados; se ha demostrado que las hidroeléctricas contribuyen al calentamiento global y Urrá no es la excepción. Además, Urrá S.A engañó a los cordobeses con la promesa de la energía barata.
Por eso y muchos otros impactos presentes y futuros es que resulta no solo absurdo sino ridículo pensar en celebrar 20 años de Urrá S.A. Y son estas mismas razones por las que el proyecto Urrá II sería nefasto.

 

De eso bueno no dan tanto


Ramiro Guzmán Arteaga
Regalar casas a los pobres, como lo confirmó el presidente Santos, es típico de los gobiernos limosneros. En Montería, casi todos los presidentes o gobernantes han adelantado programas de vivienda sin que con ello se haya superado la pobreza ni organizado urbanísticamente la ciudad.
Por eso, se requiere que estos proyectos estén articulados a otros, como el de un trabajo digno, permanente, auto sostenible, y a una educación de calidad. Todo esto dentro de un Plan de Ordenamiento Territorial que  incluya un desarrollo armónico desde lo social, ambiental y urbanístico.
Lo que se requiere es que a los pobres se les  mire como seres humanos a los que hay que vincular productivamente y dignamente a la sociedad y no como personas a quienes hay que regalarles para ayudarles a sobrevivir el resto de la vida.
 En Montería muchas familias han sido reubicadas desde invasiones hacia sectores urbanizados, y, una vez el Gobierno les entrega las escrituras, los beneficiarios venden o arriendan las viviendas y se van a vivir a otra parte, generándose así un problema de hacinamiento.
Los pobres, los que verdaderamente lo son (no los avivatos), lo hacen porque no tienen trabajo y en ocasiones ni para comer; para pagar los servicios públicos, transporte y deudas. Además, se adjudican viviendas en sectores que carecen de equipamiento urbano colectivo, como centros de salud, colegios, puestos de policía.
De modo que, regalar vivienda a los pobres, sin educarlos ni crearles condiciones para auto sostenerse laboralmente, y sin planeación urbana ni ambiental, no es más que ayudarlos a sobrevivir para que sigan siendo pobres el resto de sus vidas en una ciudad que, como Montería, crece  algarete, y no se sabe hacia dónde va social ni urbanísticamente.

Más allá de la guerra y la paz.

Ramiro Guzmán Arteaga
La paz, entendida en este caso como la conciliación y convivencia pacífica con la guerrilla, es algo que supera los propósitos finales de los actuales acercamientos entre el Gobierno y las Farc, porque, por demás,  hay que desmitificar la creencia de que el problema del país es la guerrilla, cuando ese es solo uno. Más allá de la confrontación armada están las desigualdades sociales, el problema de la tierra, el narcotráfico, la corrupción, lo ambiental. Son esos problemas los que debe afrontar y solucionar el Estado Colombiano si se quiere alcanzar una verdadera paz estable y duradera, porque esos son, al fin y al cabo, el origen del conflicto armado.
El tema de la paz no es exclusivo de la guerrilla y del gobierno. El cese al fuego será solo parte del proceso. Lo que se logre en los diálogos es solo un paso, porque la paz de Colombia no depende solo de quiénes se sienten a dialogar sino logar, además, que en esos diálogos se vean representados todos los sectores que son mucho más que los actuales representantes del gobierno y a quienes las Farc designen.
 
Capítulo especial merece lo ambiental porque, aunque para muchos parezca una exageración, la presencia de la guerrilla en las selvas colombiana frenaba la desmedida venta de los recursos naturales del país a las potencias que ven  en Colombia un país biodiverso y rico en recursos minerales y naturales, recursos que también la guerra destruyó en medio siglo de confrontación en las selvas. Por eso, mucho más allá de los acuerdos que se logren, de ver a “Pablo Catatumbo” abrazarse con el General Jorge Enrique Mora, está el país entero.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Un rector para la Unicordoba

Ramiro Guzmán Arteaga
Se necesita un rector para la Universidad de Córdoba. Perfil: honesto, genuino, autentico, trasparente, que no represente a la clase política corrupta de Córdoba ni a delincuentes de cualquier pelambre. Que muestre interés por la academia, la ciencia, la tecnología y la investigación. Que haga de la universidad una institución coherente con el contexto social, ambiental y cultural de Córdoba y el Caribe.
Más que un gerente debe ser un académico, que gerencie y administre sí, pero conocimiento científico al servicio de la sociedad y no de intereses políticos individuales; un rector que llegue a conclusiones y tome decisiones sin ser patriarcalmente impositivo; en fin, un demócrata, un humanista, casado con la ciencia, el saber y la verdad; sin sesgos políticos ni ideológicos, que reconozca el pluralismo y el derecho de las minorías en la toma de decisiones; pero, sin permitir que esas minorías, de cualquier sector, directivos, sindicatos, gremios, etc. pretendan utilizar su autentico derecho, en la toma de decisiones, para entorpecer la marcha de la institución.
Pero dudo que ese rector exista, porque las universidades del país no forman personas con ese perfil. En Colombia los profesionales ingresan a las universidades en busca de un título, que los certifique para insertarse en la sociedad en busca de una oportunidad económica que les permita sobrevivir, y no para construir conocimiento en beneficio de la sociedad. Aquí se preparan a los profesionales no para transformarse y transformar sino para ocupar cargos administrativos y burocráticos, para quitar a quienes “no son de los nuestros” y satisfacer así a sus padrinos políticos. Ahora comprendo por qué se han inscrito tantos aspirantes a la rectoría y por qué la educación es un negocio rentable.

 

domingo, 2 de septiembre de 2012

El Camajón, el árbol que vio crecer a Montería

Por. Ramiro Guzmán Arteaga
Periodista y docente Universidad del Sinú

El palo de camajón amaneció en el suelo el jueves. Se desplomó en medio de una tempestad que desencajó, voló techos y derribó paredes. Los monterianos estaba tan compenetrada con el viejo palo de camajón que desde ya empezaron a escribir su historia. Saben que es una huella histórica más que se borra de la ciudad. Saben que aquí en Montería la civilización tiene sangre de verdugo. Y por eso quieren hacer del recuerdo de este viejo árbol una marca indeleble en el tiempo. Un mito. Una leyenda.
Cada monteriano tiene su propio recuerdo alrededor del viejo palo de camajón. Es como si el árbol continuara generando sentimientos de unidad y convivencia ciudadana hasta mucho más allá de su muerte.
Las voces se escuchan por todas partes. ¡Cómo! ¡Eso tengo que verlo! Exclamó doña Olga Morales cuando  Rafaél Enrique, un amigo de la familia,  le fue a tocar la puerta de su casa para avisarle, en medio de un torrencial aguacero, que el árbol se había desplomado. Eran las 11:30 de la noche del miércoles y llovía a cantaros, con fuertes brizas, sobre la ciudad.
 “El vendaval zumbaba y amenazaba con borrarlo todo, pero así me vine para acá”, recuerda ahora doña Olga, mujer con una inmensa capacidad de trabajo, quien  hace diez años vende comida popular y chicha de maíz helada en un kiosco con techumbre de zinc al pie de lo que aún queda del árbol.
Contrario a la interpretación general, hay quienes afirman que la muerte del Camajón obedece, no solo a que estuviera viejo y agotado, sino también a las malas energías de quienes pretendían tumbarlo porque lo consideraban un impedimento para el desarrollo urbanístico de la ciudad.
“Mire compa –dice doña Olga-  la naturaleza es jodida, ese camajón se suicidó, se desplomó aprovechando el vendaval del miércoles porque sabía que la intensión del gobierno era quitarlo de allí porque estorbaba para pavimentar el sector.”
Pero también hay voces que aseguran que evidentemente el árbol entró en un proceso de agotamiento y deterioro originado por su vejez y falta de mantenimiento. Que se pudrió en medio de la gloria del tiempo. Isabel Pérez piensa que “a todos nos va a hacer falta, pero todo tiene su tiempo y el del viejo camajón ya se cumplió, un poco forzado pero cumplió su ciclo”.
También durante los últimos años se tejieron historias fantásticas alrededor del árbol, como la de José León, un viejo que por muchos años vivió en un cuartucho improvisado contiguo al kiosco de doña Olga, donde vivía rodeado de gatos y perros, que cambió el oficio de sastre por el de la zapatería y el de arreglar guitarras,  y de quien se llegó a decir que era poseedor de una fortuna que había enterrado en los alrededores del árbol. Tan pronto como murió, el 28 de octubre del 2011, no faltaron quienes levantaran los pliegos amarillentos y fétidos donde dormía para comprobar que todo era mentira.

Lo cierto es que la única que se apiadó en los momentos difíciles del viejo León fue doña Olga, quien le daba de comer, “como a un pajarito”. Tiempo después ella fue objeto de los señalamientos de la gente y hasta de la misma prensa. “De mi se dijo y se escribieron todo tipo de barbaridades, que yo aquí vendía marihuana y bazuco y que utilizaba el cuartucho del viejo León para hacer contactos con prostitutas, y hasta mostraron una foto en la que yo aparecía con una minifalda, lo cual fue todo un montaje fotográfico”, recuerda hoy doña Olga.
Símbolo de identidad
Durante muchos años el camajón fue un punto de referencia y el sitio de encuentro de más de ochenta mil familias del sur de Montería. Alrededor del árbol la gente interactuaba, dialogaban, se encontraban y hacían amistades.
 “Monteriano que se respete se citó con su novia o con su amante en el Camajón”, recuerda hoy Ricardo Guzmán, quien por mucho tiempo vivió por el sector que del antiguo Hospital San Jerónimo conducía al Camajón.
Para el profesor e investigador cultural William Fortich Díaz, quién vivió muchos años en La Granja, también los árboles, los ríos y las montañas pueden convertirse en geo símbolos. Recuerda que “la ruta de buses que me servía era la de El Camajón, que era la que pasaba por la calle 24. La otra ruta era la del Hospital. Definitivamente la muerte de un río, como la de un árbol duelen”.
Johnny Peña, nieto de Pacho Peña, uno de los comerciantes más tradicionales y emblemáticos de Montería, comenta que “con la muerte del camajón se nos fue parte de la historia de nuestro pueblo, de nuestra ciudad, también un gran referente y ubicador geográfico local, por eso comparto el sentimiento de pesadumbre de los monterianos”.
El Arquitecto y profesor Luis Carlos Raciny Alemán, magister en planeación urbana y regional, considera que sitios tradicionales y populares como el árbol de camajón se constituyen en las ciudades en recursos fundamentales para construir identidad, para modelar actitudes e incidir de manera positiva en la vida de la sociedad.
Las cuentas de su edad
Nadie que se sepa ha podido precisar la edad del camajón, pero se hacen cálculos. El profesor e investigador social Víctor Negrete Barrera recuerda que en Montería se empezaron a producido las primeras invasiones de tierra y una de estas originó la creación del barrio 14 de julio (1959). “Era la época de grandes movimientos mundiales y en las que el magma popular estaba en plena ebullición”.
Por esa época nadie le había vuelto a calcular la edad al camajón. Hacía muchísimo tiempo ya existía, desde cuando se creó, a inicios de la década del 60, el populoso barrio La Granja, al que el ingenio popular bautizó inicialmente como “Cagajunto”, debido a la cantidad de letrinas y casas colindantes en tan poco espacio.
El lote de 44 hectáreas, en los que se encontraba inicialmente la Granja Experimental de Montería, y desde donde –según el médico veterinario Carlos Crismatt Mouthon- se dio a conocer por primera vez el ganado romosinuano y los burros catalanes, fue cedido, por iniciativa del alcalde y escritor Rafael Yances Pinedo, al Instituto de Crédito Territorial.
Por ese entonces la edad del camajón se estimaba en cincuenta  y cinco años, por lo que actualmente se le calculaban entre ciento doce y ciento veinte años, es decir, el árbol habría estado allí desde 1892, cuando Montería era apenas una provincia de algo más de seis mil habitantes, con escasamente once avenidas y cinco calles que más bien eran callejones que se extendían hacia todas partes y en donde apenas empezaban a circular los primeros billetes.
Por eso, desde cuando el sector era una inmensa finca conocida como La Granja y el árbol nació espontáneamente hasta ahora que ha muerto, glorificado en su propia grandeza,  se le calculan entre 112 y 120 años.
Los más optimistas aseguran que el Camajón, aunque no había nacido cuando el aterrador paso del comenta, sí sobrevivió a la epidemia del cólera morbo, a las inundaciones diluvianas del Sinú y al vendaval de la noche de San Bartolomé.
Al lado del Camajón fueron formándose otros barrios. Después de La Granja  vinieron el Plan Número 5 que hoy se conoce como el barrio P-5, casi seguido de El Prado, de donde surge “Todo Sucio”, llamado así por la sabiduría popular ante la cantidad de casuchas improvisadas con techos de telas. Y siempre el punto de orientación para los habitantes de todas estas comunidades era el Camajón.
Hoy Montería tiene sobradas razones para extrañar este emblemático árbol que ahora está ahí despedazado con motosierra y que la gente se ha ido llevando poco a poco como recuerdo de un pedazo de su historia.  Y no es para menos, porque ayer las grietas de esos troncos que yacen allí sobre el piso de tierra manaban un líquido, una especie de aceite ambarino, como el de la sangre que el sol seca y borraba para siempre.

viernes, 24 de agosto de 2012

Cerro Matoso, renegociar con dignidad

Ramiro Guzmán Arteaga

El Premio Nobel de Economía  2001 Joseph E. Stiglitz  debe haber recibido en su casa de Indiana la noticia sobre el proceso de renovación de la concesión de Cerro Matoso, pues en su artículo: “De la maldición a la bendición de los recursos naturales” (El Espectador agosto 19 de 2012), nos hace unos formidables planteamientos para tener en cuenta a la hora de negociar con empresas extranjeras.
Es evidente que los gobernantes en Colombia jamás han hecho buenas negociaciones con las empresas privadas multinacionales, entre otras porque siempre hay intereses personales que priman sobre los intereses colectivos. Negociar no es malo, pero hay que hacerlo con dignidad, haciendo respetar las riquezas de los recursos naturales que son del pueblo colombiano; además, las ganancias se deben reinvertir en el país para generar riqueza social y no para alimentar la corrupción y enriquecer a los poderosos, como actualmente se hace.
En Colombia, más que el gobierno, que todo lo regala al capital privado extranjero, es la sociedad la que debe comprender que todos somos dueño de los recursos naturales.
Negociar sí, pero ¿cómo? Stiglitz nos enseña, por ejemplo, que aún con el “pataleo” de las multinacionales la negociación debe imponer un impuesto a las ganancias extraordinarias, es decir, garantizar que, en caso de que los precios (del níquel en este caso) se disparen, las ganancias extraordinarias no beneficien únicamente a la empresa BHP Billiton sino al país. Cuando se procede así las multinacionales se enfurecen y amenazan con irse pero al final se quedan, de modo que “una renegociación justa puede ser la base de una mejor relación a largo plazo”. No podemos seguir siendo dependientes ni económicamente ni mentalmente del capital extranjero.

viernes, 17 de agosto de 2012

Un merecido Premio para Diana


Ramiro Guzmán Arteaga
La estudiante de Comunicación Social de la Universidad del Sinú Diana Prieto Jiménez acaba de ganar el Premio de Periodismo “Energía para crecer”, en la categoría Medios Digitales, convocado por la multinacional Gas Natural Unión Fenosa.
Diana obtiene, de hecho, un reconocimiento especial  que le permite en medio de su juventud hacerse con propiedad a un merecido espacio en el mundo de la multimedia. Si algo me agrada del premio es el espacio que me brinda de poder hablar públicamente de la personalidad de esta joven estudiante de periodismo; por eso, este logro es el reconocimiento a su brillante trayectoria como estudiante, caracterizada por su disciplina, responsabilidad, alegría y sencillez.
Desde que llegó a la universidad, acompañada de su eterna sonrisa, con la que se pone a tono con la cultura costeña, ha vivido  siempre inmersa en los vericuetos del mundo digital, en la fotografía, en el diseño grafico, el periodismo, lo que además le ha permitido ganar el reconocimiento de sus compañeros y docentes, en Colombia y en el exterior.
El trabajo “Energía legal, hogares seguros”, con el cual ganó el primer puesto, es una demostración de que la comunicación y el periodismo son pilares fundamentales para  la solución de problemas sociales, para  generar diálogo entre las comunidades y las instituciones, es decir, para la transformación ciudadana, es comprometer el periodismo con el desarrollo social, un aporte a lo que se conoce como sociedad de la información.
Ahora Diana se prepara para recibir su grado de comunicadora social, que le permitirá aprovechar las oportunidades que la profesión ofrece para construir un mejor país. Creo que es lo más exacto que podemos decir de Diana, aparte de felicitarla.