jueves, 22 de noviembre de 2012

De eso bueno no dan tanto


Ramiro Guzmán Arteaga
Regalar casas a los pobres, como lo confirmó el presidente Santos, es típico de los gobiernos limosneros. En Montería, casi todos los presidentes o gobernantes han adelantado programas de vivienda sin que con ello se haya superado la pobreza ni organizado urbanísticamente la ciudad.
Por eso, se requiere que estos proyectos estén articulados a otros, como el de un trabajo digno, permanente, auto sostenible, y a una educación de calidad. Todo esto dentro de un Plan de Ordenamiento Territorial que  incluya un desarrollo armónico desde lo social, ambiental y urbanístico.
Lo que se requiere es que a los pobres se les  mire como seres humanos a los que hay que vincular productivamente y dignamente a la sociedad y no como personas a quienes hay que regalarles para ayudarles a sobrevivir el resto de la vida.
 En Montería muchas familias han sido reubicadas desde invasiones hacia sectores urbanizados, y, una vez el Gobierno les entrega las escrituras, los beneficiarios venden o arriendan las viviendas y se van a vivir a otra parte, generándose así un problema de hacinamiento.
Los pobres, los que verdaderamente lo son (no los avivatos), lo hacen porque no tienen trabajo y en ocasiones ni para comer; para pagar los servicios públicos, transporte y deudas. Además, se adjudican viviendas en sectores que carecen de equipamiento urbano colectivo, como centros de salud, colegios, puestos de policía.
De modo que, regalar vivienda a los pobres, sin educarlos ni crearles condiciones para auto sostenerse laboralmente, y sin planeación urbana ni ambiental, no es más que ayudarlos a sobrevivir para que sigan siendo pobres el resto de sus vidas en una ciudad que, como Montería, crece  algarete, y no se sabe hacia dónde va social ni urbanísticamente.

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