Ramiro Guzmán Arteaga
Los monterianos que tuvimos la oportunidad de ir a estudiar a Barraquilla por la época en que los buses se estacionaban en el viejo mercado sabemos que Estercita Forero representaba para Barranquilla toda una emblemática reliquia histórica. No sabemos si tardíamente se nos metió en el corazón, pero estamos seguros que allí se quedó para no salir nunca jamás.
Se podría pensar que una de las condiciones para gustar de su música es tener más de cincuenta años, sin embargo, a pesar de su remota juventud, Estercita murió con el olor juvenil de su música. A sus noventa y un años, bien vividos, Estercita Forero se dio el gusto de morir de vieja. Ella sabía más que nadie que se iba a morir, pero estaba satisfecha de su obra, de habérsele metido en el corazón al país con su “Luna Barranquillera”, con su Guacherna y su Carnaval.
En una actitud digna, puso como condición que sus funerales fueran en silencio. Fue una decisión certera, acorde con sus convicciones religiosas y para que nadie perdiera de vista el verdadero sentido de su muerte, pues estaba segura que los barranquilleros, de todos los estratos, no le perdonarían que los dejara solo, y se volcarían a las calles interpretando sus canciones en una interminable parranda en la que le sacarían versos hasta a sus notas necrológicas.
Estercita se ha ido para siempre, pero seguirá viviendo con dignidad y orgullo en nuestros recuerdos, por eso, el mejor homenaje que le podemos brindar, de acuerdo a su voluntad, es el que brota en silencio de nuestros corazones.
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