Nadie
parece acordarse de las viejas casas frescas ubicadas sobre la Avenida Primera
de Montería. Nadie parece acordarse de las puertas cerradas, y abiertas a
partir de las cinco de la tarde. De haber visto las mecedoras de mimbre en las
terrazas de cemento fresco. Ni las ventanas en las que la gente se asomaba de
cuerpo entero. Nada queda de las casas encaladas en los bosques de naranjos de mediados
del siglo XIX.
A
nadie le importa si alguien vende, compra y destruye las antiguas casas de los
Lacharme (Cl 27 Cra 1°) o la de los Kerguelen (Cl 27 Cra 2), la de los Caicedo
(Cl 26 Cra 1), la de los Pineda o Berrocal; ni el conjunto patrimonial que va
desde la calle 24 hasta la 27 con segunda. En fin, a nadie le interesa si
destruyen todo lo que sobrevive de la arquitectura neoclásica de inicios del
siglo XX o de las que representa la llegada del modernismo a finales de los 60.
Esas
casas y edificaciones, que son las representaciones patrimoniales de cada
época, están sucumbiendo ante una civilización que tiene sangre de verdugo,
porque en Montería no ha habido quien
gestione ante el Ministerio de Cultura la declaratoria de “Bien de Interés Cultural”
de al menos algunas de esas edificaciones.
La
arquitectura en Montería parece haber perdido el rumbo porque estamos frente a
una modernidad mal entendida, en donde
predomina el interés privado sobre el cultural y colectivo. Hoy solo quedan
algunas casas antiguas con los entrepisos deteriorados. La huella histórica de
la ciudad está desapareciendo, mientras
la intervención de los últimos gobiernos para evitarlo ha sido
desafortunada, pues parece no importarles si se destruye nuestro pasado histórico,
ni la sabiduría de quienes nos precedieron.
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